Aguafuertes

Sueño con la vida de un asegurador que evalúa las tripas de un micro destruido por un choque, un micro. Un micro hecho pedazos, tripas destrozadas de fierro. El asegurador piensa en cuál es el costo del micro para la empresa, si se puede recuperar, cuánto vale. Cómo cargar los hechos en el informe. Cree estar convencido que las manchas de sangre no hacen mella en él. Me despierto rogando que el chofer esté concentrado. Ruego por lo mismo cuando estoy en el baño y siento como pasan a cinco centímetros monstruos de fierro en dirección contraria a todo kilómetro por hora en la ruta mojada. Qué azaroso es estar vivo.
La villa miseria existe: las vestiduras rasgadas del empresario esnob preocupado por cómo nos ven afuera. El micro avanza lento cuando entra en la terminal y se ve la locura arquitectónica de vivir de changas. Desorden desorden. Cinco pesos la cerveza parallevar. Se ven dos zapatos lindos, preguntaría el precio, parecen buenos. Estoy seguro que con una lustrada uno podría ir a una reunión de altísimo nivel, y esconderlos raudo bajo la mesa. Si alguien nos examina estoy seguro que esos zapatos pasan la prueba con un poco de cuidado ¿Serán de mi talle? si me quedan un poco grande los compraría igual. Los policías cinco reunidos hablando a metros de las mantas con los zapatos y el kiosco improvisadísimo. El micro da la vuelta y aparece el cielo gris de la ciudad. Horrible ciudad hoy.
Bolsos frágiles. Churros, carnes, grasa. La paleta de colores no abunda en brillantes, cielo gris, caras beige. El ruido de la ciudad ese runrun horrible. Inmunda ciudad, charcos, bolsas. En la esquina atraviesan las vías que llegan hasta las entrañas del sistema. Ahí se dirige el camión de casi 200 metros de largo, me ensordece el ruido de sus chapas sueltas cuando levanto la vista para ver donde terminan las ruedas que pisan casi sobre mis zapatillas. DARWIN se lee en la marca de su carroceria mientras se adentra en el agujero de la ciudad, ahí donde suceden las cosas que se ven en la superficie, el vivir diario donde ahora cruzamos la calle todos sin entender el chiste fácil de la evolución. DARWIN dice el camión. Corre estúpido, cogé, salí, mentí, camina, apurate. DARWIN dice el camión y uno se siente una hormiga.
El puño del bastón era una mini sopapa. O un catéter recortado. No me imagino el origen de ese pedazo de goma que usa de empuñadura para el bastón, tiene el color de la goma médica, ese color que se ve a través de los dedos de una enfermera cuando le están por meter a un enfermo algo por atrás. Un catéter, algo inmundo médico, industrial. Color de plástico sopapa, algo blandito barato y duradero. Útil para la empuñadura de un bastón que continúa con una madera negra también posiblemente de escoba lijada ¿Habrá probado otras empuñaduras que no dieron resultado? ¿será que la empuñadura de goma médica la eligieron sus manos descartando las que no le sirvieron? El pantalón de lana sostiene esa agendita que le ponen arriba los chicos que pasan a dejar cositas a los pasajeros del subte. No se mueve la cara vieja, ni la mano arriba del bastón. No se inmuta por la gota perfecta de sudor mercúreo que se le descuelga desde sus patillas. Una mosca tampoco lo conmovería en absoluto. Como a esos caballos hechos mierda que habrá mirado en un campo cuando era chico, en un país imposible e irreal visto desde el subte, esos caballos viejos inmutables con la cara llena de moscas ¿Cómo no le pesa esa agendita en su pierna?
